Decimoséptimo Domingo del Tiempo Ordinario – Año A (2026)
Mis queridos hermanos y hermanas, imaginen que Dios se les apareciera hoy y les dijera: «Pídanme lo que quieran, y yo se los concederé». ¿Qué pedirían?
Algunos pedirían buena salud, otros paz en la familia, seguridad económica o éxito en la vida. Nuestras respuestas serían diferentes porque cada uno de nosotros tiene necesidades y esperanzas distintas.
En la Primera Lectura de hoy, Dios le da esa oportunidad al joven rey Salomón. En lugar de pedir riquezas, poder o una larga vida, Salomón pide sabiduría: un corazón comprensivo para distinguir entre el bien y el mal y para guiar bien al pueblo de Dios. Como su petición agradó al Señor, Dios le concedió una sabiduría sin medida.
La oración de Salomón nos invita a reflexionar sobre la nuestra. ¿Qué solemos pedirle a Dios? ¿Pedimos solo bendiciones materiales, o también pedimos sabiduría: la sabiduría para tomar buenas decisiones, conocer la voluntad de Dios y vivir de acuerdo con ella?
En el Evangelio, Jesús nos dice que el Reino de los Cielos es como un tesoro escondido y una perla de gran valor. Quienes los encontraron renunciaron con alegría a todo lo demás porque reconocieron su verdadero valor.
Jesús nos recuerda que nada en este mundo es más precioso que el Reino de Dios. La riqueza, el éxito y las posesiones son temporales, pero nuestra relación con Dios dura para siempre. La pregunta es: ¿Cuál es el mayor tesoro de nuestra vida? ¿Es Cristo, o han ocupado otras cosas el primer lugar?
En la Segunda Lectura, san Pablo nos anima con estas hermosas palabras: «Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman». Incluso en los momentos de sufrimiento o incertidumbre, Dios está obrando. Él puede sacar un bien de toda situación si ponemos nuestra confianza en Él.
Por eso, pidámosle al Señor la sabiduría de Salomón, la fe para confiar en su amoroso plan y el valor para buscar su Reino por encima de todo.
Que el Reino de Dios y nuestra relación con Jesucristo sean siempre el mayor tesoro de nuestras vidas.
Amén.
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Seventeenth Sunday in Ordinary Time – Year A
My dear brothers and sisters, imagine that God appeared to you today and said, "Ask me for whatever you want, and I will give it to you." What would you ask for?
Some would ask for good health, others for peace in the family, financial security, or success in life. Our answers would differ because each of us has different needs and hopes.
In today's First Reading, God gives that opportunity to the young King Solomon. Instead of asking for wealth, power, or a long life, Solomon asks for wisdom—an understanding heart to distinguish between good and evil and to lead God's people well. Because his request pleased the Lord, God granted him wisdom beyond measure.
Solomon's prayer invites us to reflect on our own. What do we usually ask God for? Do we ask only for material blessings, or do we also ask for wisdom—the wisdom to make good decisions, to know God's will, and to live according to it?
In the Gospel, Jesus tells us that the Kingdom of Heaven is like a hidden treasure and a pearl of great price. The people who found them gladly gave up everything else because they recognized their true value.
Jesus reminds us that nothing in this world is more precious than God's Kingdom. Wealth, success, and possessions are temporary, but our relationship with God lasts forever. The question is: What is the greatest treasure in our lives? Is it Christ, or have other things taken first place?
In the Second Reading, St. Paul encourages us with these beautiful words: "We know that all things work together for good for those who love God." Even in times of suffering or uncertainty, God is at work. He can bring good out of every situation if we place our trust in Him.
This, let us ask the Lord for the wisdom of Solomon, the faith to trust in His loving plan, and the courage to seek His Kingdom above everything else.
May the kingdom of God and our relationship with Jesus Christ, be always the greatest treasure of our lives.
Amen.